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Yoshi, de Japón a Suiza para morir

Sus funciones motoras se deterioran a causa de un trastorno neurológico. Yoshi necesitaba dos bastones para caminar. Kaoru Uda/swissinfo.ch

Un hombre llegó a Suiza procedente de Japón para recurrir al suicidio asistido. SWI swissinfo.ch estuvo con él y documentó los últimos momentos de su vida.

Este contenido fue publicado el 16 septiembre 2021 - 09:00

Es miércoles por la tarde, cae una lluvia ligera. No es el típico día de principios de verano. Yoshi* sale del aeropuerto de Zúrich en silla de ruedas acompañado de sus padres. Con dificultad, apoyado en dos bastones, levanta el cuerpo de la silla y aborda un taxi. Destino: Basilea. “Me siento aliviado de haberlo logrado”, dice mientras observa el paisaje a través de la ventanilla.

La decisión de volar a Suiza se produjo súbitamente hace dos semanas. Tres años antes, Yoshi recibió la autorización de lifecircle, la organización de Basilea para el suicidio asistido. Sin embargo, se suponía que el viaje no tendría lugar antes del 2022. Sin embargo, desde junio, la condición de Yoshi comenzó a deteriorase más rápidamente, como una piedra que rueda colina abajo y adquiere más velocidad conforme avanza. “El entumecimiento en la garganta y la lengua empeoraba. También me resultaba cada vez más difícil mover los dedos. Sentía que mi vida estaba en juego ahora”.

El suicidio asistido es ilegal en Japón. Yoshi tiene que subir al avión antes de que ya no pueda moverse, si no sería demasiado tarde. También tiene que convencer a sus padres. Quiere que lo acompañen. Al principio se oponen.

Un dolor en el abdomen lo atenaza durante el trayecto, el último, que dura doce horas. Cuando llega al hotel en Basilea, se instala en una silla reclinable con ruedas y reposacabezas. En adelante, además de ir al baño o dormir, pasa su tiempo en esa silla, en una habitación de hotel de una ciudad que le es extraña.

Con él los compañeros de su vida diaria: somníferos, analgésicos, remedios para el entumecimiento. “Los músculos de mi torso se han debilitado mucho. Mis órganos internos tienen menos sostén y presionan los nervios, con lo que el dolor es intenso”, explica. Últimamente, no duerme más de tres horas seguidas. Incluso con somníferos, el dolor lo despierta constantemente tan pronto como el efecto disminuye.

Su dieta se limita a suplementos, yogur o papilla. No resiente ningún placer en tomar a sorbos los líquidos con los nutrientes necesarios para que su cuerpo funcione.

Medicamentos y complementos alimenticios. Kaoru Uda / swissinfo.ch

“No quiero vivir sin dignidad”

Japón, cinco años antes. Yoshi es un empleado de oficina, soltero. Vive con sus padres en el este del país. Tiene poco más de cuarenta años cuando aparecen los primeros síntomas de la enfermedad: un dolor constante en las rodillas y ya no puede ponerse de puntillas. Durante la revisión anual, su hígado muestra valores anormales. Después del examen, el médico le anuncia que sus músculos están “rotos”. “Sospecha de enfermedad de la motoneurona”, anota el galeno.

“Enfermedad de la motoneurona” es un término genérico para los padecimientos que conducen a un deterioro de las funciones de las neuronas motoras. La más común es la esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Cuando las neuronas motoras se ven afectadas, ya no reciben órdenes del cerebro como deberían y el cuerpo pierde gradualmente la capacidad de moverse. Con el tiempo, surgen problemas respiratorios e, inevitablemente, la muerte. Yoshi no está definitivamente diagnosticado con ELA, pero síntomas similares se manifiestan gradualmente en sus extremidades, manos, abdomen, garganta y lengua.

Los videos y blogs de pacientes con ELA le hacen pensar en el futuro. “No critico a las personas que luchan, mantenidas con vida por un respirador”, señala Yoshi, “pero yo no quiero vivir sin dignidad”. Dos años después, en abril de 2018, se pone en contacto con lifecircle. No pasa mucho tiempo antes de que reciba la luz verde.

A finales de mayo de este año, todavía logra caminar 200 metros con la ayuda de bastones. Continúa trabajando desde casa para la empresa de la que forma parte desde hace 13 años. También disfruta de los platos cocinados por su madre sentado a la mesa del comedor, pero su condición empeora repentinamente.

Inútil para la sociedad

Basilea. Yoshi está estresado. Tiene que reunirse con dos médicos de lifecircle. Incluso ya otorgado, el consentimiento puede ser revocado si los médicos determinan que el paciente no tiene capacidad de discernimiento o está bajo la influencia de un tercero.

Son las 9:30. Yoshi se recuesta en su silla de ruedas y mira en silencio hacia la puerta. Poco después entra el primero. Es una mujer, su nombre es Erika Preisig. Yoshi responde las preguntas de la doctora sobre su condición actual y sobre cómo surgió la idea del suicidio asistido. Elige con calma cada palabra

La dra. Preisig entrega a Yoshi el formulario de consentimiento para la prescripción del fármaco letal. Kaoru Uda / swissinfo.ch

Durante la entrevista con el segundo médico, también se habla del trabajo de Yoshi. “¿Siguió laborando hasta poco antes del viaje?”, inquiere el galeno con expresión de sorpresa en el rostro. Yoshi responde: “Para mí era muy importante mantener mi contribución a la sociedad. Pero mi enfermedad ya no me lo permite. Siento que ya no valgo”.

Las dos conversaciones duran más de tres horas. “Desde un punto de vista médico, no hay nada en contra de su suicidio asistido”. Cuando el médico dice esto durante la segunda entrevista, en la mirada de Yoshi se advierte que está un poco más relajado. Su suicidio asistido está programado para el sábado. Hoy es jueves. Quiere pasar el resto del tiempo con sus padres, que esperan en una habitación contigua.

Les informa de la próxima cita. Su madre le pregunta: “¿Estás seguro de que no quieres cambiar de opinión?”

Demasiado dolor

La enfermedad no da tregua a Yoshi. Por la noche siente una leve molestia en el abdomen, un familiar presagio de que un dolor severo se aproxima. Pero, esta vez, la intensidad no tiene precedentes. Toma más pastillas de lo habitual para conciliar el sueño. Pero tres horas después se despierta y el dolor es lacerante. “No puedo soportarlo más”. Llama a la dra. Preisig.

Viernes. Por la mañana se disculpa con sus padres y les explica que tiene que anticipar la cita. Ya no se oponen firmemente.

Yoshi ya no puede permanecer en la silla de ruedas. “Tengo que ahorrar energía”. Se sienta en el borde de la cama y se echa hacia atrás. “Así tengo menos dolor”, comenta y espera. Se le asignará una nueva cita.

“No tengo un plan B o un plan C”

¿Por qué en Suiza? “Porque quiero morir con mi dignidad de ser humano. Respirar, comer, ir al baño y comunicarme. Esa es la base de la vida. Ahora que ya no puedo hacerlo, creo que la decisión correcta es ponerle fin”.

La familia lo ve de otra manera. Su madre le suplica. “Quiero que vivas, pase lo que pase”. Pero para Yoshi, eso es ignorar su dolor y su dignidad. “Los pacientes como yo no queremos tener que permanecer en el vórtice del sufrimiento. No queremos que nuestras propias familias sean tan crueles”.

El suicidio asistido también es bueno para la sociedad, sentencia. “Si una persona con una enfermedad en fase terminal quiere morir y puede renunciar a su vida, se pueden dedicar enormes recursos médicos a otra persona. Para mí, este es un acto ético”. 

Pero el suicidio asistido no está permitido en otras sociedades, reflexiona. “¿Por qué la decisión de darle un respirador a una persona en lugar de a alguna otra se considera aceptable mientras que el suicidio asistido no?”

Yoshi espera que pronto se legalice el suicidio asistido para todas las personas como él, “para que puedan morir apaciblemente en casa”, subraya.

Tres horas antes del suicidio asistido. Yoshi no tiene dudas: “Si tuviera una enfermedad curable, tal vez lo intentaría. Pero no tengo un plan B ni un plan C”.

Las últimas palabras

Son las 13:45 del viernes, dos días después de su llegada. Con el sol resplandeciente la lluvia de hace unos días se antoja una mera ilusión. Yoshi y sus padres toman un taxi para dirigirse a las instalaciones de lifecircle, cerca de Basilea. La dra. Preisig los está esperando y a su llegada los conduce a una espaciosa habitación con una cama individual, una gran mesa y un sofá. Todo está bañado por la luz del sol estival.

Yoshi se acerca a la mesa en su silla de ruedas y firma hoja tras hoja: solicitud de certificado de defunción, formulario de consentimiento para la asistencia al suicidio y formulario para la cremación. Luego sonríe. “Gracias, estoy listo”.

A las 14:45 Yoshi se quita los zapatos y se acuesta en la cama. La dra. Preisig inserta una aguja en el dorso de la mano derecha de Yoshi. La madre acaricia tiernamente la espalda de su hijo.

Es el momento del adiós. El padre dice: “Gracias por haber vivido con nosotros todos estos años. Siempre has sido nuestro tesoro. Diviértete en el paraíso. Muy pronto estaremos allí también”. Sonríe y Yoshi le devuelve la sonrisa: “Los esperaré”, responde.

En el recipiente para el goteo intravenoso el acompañante de lifecircle vierte el pentobarbital. Todo está listo.

Son las 15:00 horas en punto. Yoshi dice: “¡Bueno, me voy!” y, sin dudarlo, abre la válvula de la perfusión con el dedo.

El fármaco mortal fluye lentamente por su cuerpo. Yoshi sonríe: “¿Funciona? No siento nada”. Su voz suena ronca, quizás para ocultar su nerviosismo.

Treinta segundos después emite sus últimos sonidos, cuatro suaves exhalaciones.

Tal como le habían explicado los médicos, entra en coma. Tres minutos más tarde, la dra. Preisig coloca un estetoscopio en el pecho de Yoshi y controla sus pupilas. Dice, casi en susurro: “Sí, se ha ido”.

“¿Sin dolor?”, pregunta el padre. La doctora coloca su mano suavemente sobre la mano todavía caliente de Yoshi y dice: “Sí, no más dolor”.

Traducido del italiano por Marcela Águila Rubín

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